24 septiembre, 2012

Desde mi ventana- Parte 2

  Estaba volviendo a casa tomándome mi tiempo. Cogiendo atajos de callejuelas largas y solitarias, de esas por las que corre el viento y cuyas paredes de las casas hacen de la calle un frigorífico. Sumida en mis pensamientos llevaba un paso ligero porque no me gusta ir sola. Con cada extraño que me cruzaba me hacía sentir minúscula y agachaba la mirada evitando cualquier contacto visual. Pero, ¿no ocurre que cuando vas caminando solo tus oídos son capaces de captar cualquier sonido que en otro momento no escucharías? Además, me iba fijando también en la sombra que caminaba delante mía, dejando el sol a mis espaldas al atardecer. Pero otra sombra larga se unió y comenzó a caminar junto a la mía. Y unos pasos se unieron a los míos. Comencé a sentirme indefensa y aligeré mi paso. Pero el desconocido me habló.
  -Perdona, ¿tienes hora?
  -¡Las nueve! -le grité una hora al azar.
  -¡Espera! -me respondió él a cambio. Entonces mis piernas comenzaron a debilitarse y temblar, me costaba andar pero intentaba caminar más rápido aún- ¿Tienes unas monedas sueltas?
  -No -me limité a responder. Entonces mi pulso, que estaba acelerado por la situación, de repente se paró cuando me agarró por el hombro y tiró de mí hacia él.
  -Venga amiga, unas monedillas. Que se ve que a ti te sobra -me vacilaba.
  -He dicho que no llevo nada suelto -intentaba no parecer intimidada.
  -¿Seguro? A ver, enséñame tu bolso.
  -¡Déjame en paz! -le grité realmente asustada mientras él me tenía sujeta por el brazo y con la otra mano tiraba de mi bolso- ¡He dicho que me sueltes!
  -¡Oye! -gritó una voz de fondo, una voz conocida, mientras se oían otros pasos correr hacia nosotros- ¡Suéltala! -y el muchacho, una vez nos alcanzó, pegó un empujón al extraño tirándolo al suelo, a lo que éste inmediatamente se levantó y siguió caminando refunfuñando.
  Él, era él. Álex. Y una vez más, ha venido en mi ayuda en el momento menos esperado.
  -¿Estás bien? ¿Te ha quitado algo?
  -No, no -respondí reponiéndome de mi susto-. No le ha dado tiempo.
  -Menos mal. ¿Sabes que no deberías ir por estos callejones sola?
  -Ya. He tenido suerte de que pasaras por aquí.
  -Mucha. Te acompaño a casa, anda -dijo en un tono protector.
  Y los dos retomamos mi camino, juntos. Al principio callados. Hasta que se decidió a hablar.
  -¿Cómo está tu gato? Espero que no se vuelva a perder.
  -Bien, bien. Te debo una enorme.
  -Me debes dos -bromeaba. Me hizo reír-. Pero te hago un dos por uno. Me basta con un café. ¿Estás mañana libre?
  -Mmmm -titubeé-. Vaya, lo siento. Mañana ya me marcho de la ciudad para empezar la universidad.
  -Bueno... no importa. Supongo que nos volveremos a encontrar.
  -Espero que ese encuentro no sea para algo malo.
  -Nunca es malo del todo si aparezco yo y te ayudo.
  -¿Te estás coronando? -me mofaba. Se reía.
  -No... sólo... que me gusta ayudarte.
  -Gracias -y tras esta mini conversación, llegamos a mi destino y nos paramos en la puerta de mi casa, uno frente al otro.
  -Por cierto -dijo antes de irse-, soy Álex -y esperó mi respuesta.
  -Carla.
  Y, dicho esto, nos sonreímos, se dio la vuelta y añadió un "hasta otra" entusiasta.
  Y allí me quedé mirando cómo se marchaba, esperando nuestro siguiente encuentro.


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