19 octubre, 2013

Lágrimas Sobre Mi Guitarra - Capítulo 33



Capítulo 33
  Noto cómo Drew toma cada respiración lenta y profundamente, tratando de evitar el llanto. Tiene sus brazos alrededor de mi cintura y me aprieta como si fuera su forma de desahogo. Para mí, es hasta reconfortante, me gusta. Yo lo rodeo al mismo tiempo por su cuello, un poco de puntillas porque a pesar de que yo soy alta, Drew lo es mucho más aún.
  ¿Debería ser este el momento de decirle algo? ¿De girar mis labios hacia los suyos? No, Ali, no. Deja que todo fluya. Su hermana acaba de morir prácticamente, puede que tú para él solo seas una amiga, un apoyo, y no algo más.
  Aún así, giro un poco mi cabeza hacia él y sumerjo mi nariz en su olor. Nunca había podido percibirlo desde tan cerca, ni siquiera la noche que me ahogué en sus brazos. Tenía tantos mocos manando de mi nariz que apenas advertía aroma alguno.
  Pero es tan único, tan dulce. Es el tipo de esencia que no te hartarías de oler. Es olor perfecto, hecho para mí. Ese tipo de olor que se te queda marcado en la ropa o en las manos, o en tu pelo, y que cuando ya no estás con esa persona, te hueles a ti mismo para recordarla. Es lo mismo que ocurre con mi hermano: cuando estoy en clase no dejo de oler mis manos y las mangas de mi ropa, porque huelen a él, de sostenerlo, a su perfume de bebé, y me encanta recordarlo cuando no estoy con él. Pues con Drew es lo mismo, solo que no es el mismo tipo de sentimiento. Por supuesto, no es un sentimiento tan considerable como el de mi pequeño, pero también es muy grande y similar.
  Repentinamente noto que la presión en mi cintura disminuye, así que rebajo la fuerza también en mis brazos y lo suelto poco a poco, pero dejo mi rostro aún cerca suyo.
  Cuando nos empezamos a separar, nuestras mejillas casi se deslizan la una contra la otra. Noto un poco su barba rasposa incipiente, pero no me resulta desagradable. Los dos, completamente compenetrados, nos paramos, dejando nuestras miradas a escasos centímetros de distancia. Después él apoya su frente en la mía, yo cierro los ojos, y vuelve a utilizar mi cintura como apoyo, esta vez posando cada mano a un lado.
  Es un momento perfecto. El ideal para acercar nuestros labios y besarnos… pero de repente se me viene a la mente Eliot. Prácticamente, lo acabo de dejar definitivamente. Y a pesar de sus más y sus menos, y más menos que más, aún no he dejado de sentir algo por él completamente. Y yo no soy ese tipo de persona que no le falta tiempo para tirarse a los brazos de otro. No. Yo me hago respetar, y este beso, si se ha de dar, puede esperar, igual que mi primer beso aguardó por el momento oportuno. Pero, ¿cómo puedo saber si este es el momento oportuno o no?
  Decido separarme de él y despertar de este magnífico momento. Sin embargo él, aunque con los brazos más estirados, no quita las manos de mi cintura.
  -¿Qué haces aquí? –repite lo último que me ha dicho justo antes de nuestro corto acercamiento.
  -Tengo una especie de cita.
  -¿Has conocido a la madre de Monique?
  -Sí, y a su tía. Parecen personas muy amable.
  -Sin duda, Monique lo es –dice refiriéndose a la madre-. A la otra mujer no he tenido el placer de conocerla. ¿Cómo llegaste a parar aquí?
  -Bueno, la verdad es que todo es un poco extraño –ahora recuerdo cuándo creía que Monique era la chica de la que estaba enamorado y yo, en parte, me sentía celosa y quería averiguar quién era-. ¿Recuerdas que me diste su dirección hace tiempo para recuperar mi guitarra?
  -Claro.
  -Bueno, ayer me pasé por aquí. No pretendía conocer a nadie, pero la situación se dio de tal forma que acabé sabiendo lo de tu hermana… Lo siento tanto, Drew. No imagino lo que es que te ocurra algo así.
  -Es algo que no le deseo a nadie –dice hundiendo su mirada en el suelo-. ¿Sabes por qué ha muerto?
  -No. No me dijeron nada. Lo dejaron todo en el aire.
  -¿Por eso estás hoy aquí?
  -No realmente. No quiero que Monique pase un mal rato contándome lo que le pasó a su niña, debe de ser muy doloroso recordarlo para contárselo a una desconocida. Simplemente me invitó a cenar, supongo que para despejarse. ¿Sabes? Ayer salió de su habitación por primera vez gracias a mí –digo alegremente.
  -¿Sí? La verdad es que tienes un don especial. Bueno, tienes muchos, pero uno de los que más me gusta es que haces sentir bien a las personas.
  Sus palabras me hacen ruborizar. La sangre fluye por mi cuerpo hasta mis mejillas y noto una gran sonrisa en mi rostro.
  -Vaya, gracias.
  Nos quedamos en silencio unos instantes. Él se separa de mí definitivamente, pero no deja de mirarme.
  -Bueno, entonces creo que debería dejar que entres.
  -No te preocupes, creo que he venido demasiado pronto. La tarta que he hecho aún está caliente.
  -Mmm… ¡tarta! –tras decir eso, sus tripas rugen y nos hacen reír a ambos.
  -¿Es que tienes a Mufasa¹ en tu interior?
  -Hoy no he comido.
  -¿Por qué no?
  -Bueno, eso no importa.
Mufasa¹: Personaje de El Rey León.
  Quizá no tuviera apetito especialmente hoy.
  -A lo mejor a Monique no le importa que cenes con nosotros.
  -No te preocupes Ali. Estaré bien. Voy a comprarme algo ahora.
  -Está bien –asiento y sonrío.
  -Ali, ¿puedo decirte algo?
  -Claro.
  -Prométeme que nunca vas a dejar de intentarlo, ¿vale? –sé que se refiere a mi guitarra- Tienes talento, y puedo ver en tus ojos, igual que tú lo puedes ver en los míos, que la música es lo tuyo. Pero tú puedes ir más allá, tú tienes más posibilidades, así que antes de irme, quiero que me prometas que vas a mandar a la mierda la cafetería, la universidad, y vas a luchar por ello, ¿de acuerdo? –sus palabras me dejan sin respiración.
  -Sí –asiento tímidamente.
  -Me alegro mucho de haberte conocido –dice finalmente sonriendo de forma nostálgica.
  -¡Chicos! -nos grita desde la puerta Monique- ¡Entrad!
  -Dile que tenía que irme –me dice casi al oído Drew. Entonces, se funde en otro abrazo conmigo, más corto, más amigable. Luego se vuelve a separar de mí rápidamente- y soluciona lo tuyo con Eliot.
  Ahora sí que se me corta la respiración. ¿A qué viene eso? ¿Y los abrazos? ¿Y toda esta situación? No entiendo nada.
  Entonces se acerca y me da un ligero beso en la mejilla. Antes de que se dé la vuelta para marcharse, lo miro directamente a los ojos, y los noto como humedecidos, demasiado brillantes. Finalmente, ya de espaldas a mí, saluda con la mano a Monique e inicia su camino.
  Yo me quedo observándolo un momento, y después voy al coche a por la tarta y la botella para intentar disfrutar de mi cena con Monique. Realmente, necesito olvidarme de este día. Ha sido demasiado raro.

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