15 mayo, 2015

Acordes de amor y despedidas - Capítulo 7

Al oír mi nombre tan inesperadamente, me sobresalto y doy un pequeño tumbo del susto. 

—¿Pero qué haces aquí todavía? —dice papá a mis espaldas.

Adiós Eliot. He esperado lo suficiente.

—¿Nos vamos a casa? —me limito a decir en un tono enfadado.

Mamá se acerca y me da un abrazo, no lo suficientemente fuerte que a ella le gustaría, pues su barriga nos lo impide. Con esto, me da a entender que está al tanto de lo que ocurre. O al menos se lo imagina.

Entonces, un Jeep rojo se para frente a nosotros. Este coche ya lo he visto antes detenido frente a mí, y fue esta misma mañana. Empiezo a abochornarme.

Muy a mi pesar, Eliot baja la ventanilla y asoma la cabeza.


—Hola —exclama un poco tímido.

Mis padres no son de aquellos que te suelen avergonzar en situaciones como ésta, y me alegro de ello.

—Ten cuidado, cielo —dice mamá automáticamente.

Y se marchan en busca de nuestro coche.

Eliot y yo los observamos alejarse un poco. Una pequeña cola de coches se empieza a formar tras el suyo.

—¿Subes? —me dice más animado.

Me limito a subir al asiento del copiloto. Cuando lo hago, para mi sorpresa, se acerca y me saluda con un beso en la mejilla. Después me advierte que me ponga el cinturón.

Esto no me hace olvidar que estoy un poco mosqueada por su retraso, así que se lo hago saber.

—Pensé que no vendrías.

Él suelta una fuerte carcajada.

—¿Te acuerdas esta tarde, cuando te pregunté si realmente me creías tan torpe? Pues resulta que lo soy. Me he perdido y he estado un buen rato parando a preguntar en qué dirección podría encontrar este hospital.

—Ah —pronuncio un poco arrepentida.

—La verdad es que pensé que sería fácil moverme por aquí. Hace ya una semana que llegué a Pittsburgh y, como no conocía a nadie, he pasado los días dando vueltas con el coche y paseando, intentando grabar los lugares y las rutas en mi mente. Pero creo que no ha funcionado del todo. Lo siento.

Me doy cuenta de que le estoy mirando con la boca un poco abierta, como embobada, y rápidamente pongo la mirada al frente. Pero la verdad es que es bastante guapo y… simpático a pesar de mi primera impresión sobre él.

—No importa.

—Tengo suerte de que no te hayas ido. Habría quedado muy mal. Seguramente ya estarías pensando que te había dado plantón.

—La verdad es que sí —me sincero.

—Aunque tenga esa pinta, no soy de esos.

—Ya.

—¡En serio! —dice entre risas—. Te habría llamado para decirte que no me esperases.

Lo vuelvo a mirar.

—Te creo —por algún extraño motivo, realmente le creo.

—¿Eran tus padres? —pregunta en un intento por dar un giro a nuestra conversación.

—Sí.

—¿Son bastante jóvenes, no?

—Mi madre me tuvo con veintiún años. Ahora voy a tener un hermano.

—¡Felicidades!

—Gracias. ¿A dónde vamos?

—¡No lo sé! —dice divertido— No sé dónde estoy. Estaba conduciendo por donde se me antojaba.

Nos reímos al unísono.

—Son las nueve y media. ¿Te apetece comer algo? —le propongo.

—Tengo mucha hambre. Vamos donde quieras, pero me indicas el camino.

—Está bien.

Es increíble notar cómo mi expresión ha pasado de total timidez y mosqueo a una gran sonrisa que no se va.

De repente soy consciente de que todo este tiempo la radio ha estado sonando, pero no le había prestado atención. Suena Here you come again de Dolly Parton. El sonido de la música resalta en medio de nuestro silencio, hasta que Eliot suelta una pequeña risita.

—Es una radio de éxitos de los años setenta a los noventa. Qué vergüenza —dice Eliot.

—¿Vergüenza por qué? Me gusta.

  Para demostrárselo, tarareo un poco de la canción pero en un tono muy bajo. “Here you come again, looking better than a body. Has a right to...”

—Se te da bien —dice Eliot.

Sonrío pero no digo nada. Empiezo a indicarle el camino a Eliot para dirigirnos a un pequeño restaurante de comida rápida al que solía ir con la banda del instituto después de cada partido. No he ido desde el último partido del instituto, hace algo más de un año. Era el sitio al que íbamos los de la banda, mientras los jugadores y las animadoras iban a una gran fiesta improvisada en cualquier sitio. Nosotros, comíamos en Great Allegheny Bar, aunque nuestro equipo hubiera perdido. Lo pasábamos en grande. Eran los únicos momentos que tenía de sociedad en mi vida.

A veces, el dueño Mike, sacaba su vieja guitarra para que yo tocara algo. Me sentaba en una silla y todos me rodeaban. Afinaba la guitarra y tocaba la última canción que había compuesto. Todos me aplaudían y después cada uno de nosotros volvíamos a nuestra solitaria vida de pardillo.

Al ver la entrada del restaurante, buenos recuerdos me invaden. Al entrar, todo sigue igual que lo recuerdo, excepto los camareros. Son más jóvenes que los que antes había.

Nos sentamos en una mesa junto a una ventana. Pedimos refrescos y unas hamburguesas acompañadas de patatas.

—Veo que eres una chica con un buen apetito —dice Eliot.

—Como más de lo que mi imagen sugiere. Y hablando de sugerir, ¿cómo es que me has sugerido salir a mí?

—¿Y por qué no a ti?

—Porque, no sé, hoy en clase te he visto con esa gente... —digo en un tono un poco despectivo.

—Los he conocido hoy.

—Y a mí también.

—Pero tu número es el único que tengo.

—Oh. Es decir, si tuvieras sus números y el mío también, los habrías llamado antes a ellos.

—No creas.

—Pues no te creo.

—Pues créeme. Si fuera así, significaría que no querría conocerte. Ni siquiera te hubiera propuesto ser compañeros.

—En fin —mejor busco otro tema—. ¿Y de dónde eres?

—De New Castle.

—Eso no está tan lejos como para no poder ir a pasar el fin de semana allí.

—Lo sé pero no me apetecía ir. Estoy bien aquí.

—¿Solo? —le pregunto sarcástica.

—Ahora no estoy solo, sino contigo.

—Ya, pero no sé. Yo en tu lugar hubiera preferido ir a casa.

Se me queda mirando.

—No me apetecía —vuelve a decir tras unos segundos.

—De acuerdo —lo he captado. No quiere que le pregunte más sobre ello.

Nos quedamos callados, observando nuestro alrededor. Me siento mal porque quizá haya metido la pata. Por fin, nuestra comida llega.

—Qué hambre —dice él rompiendo el hielo.

—Yo también me muero de hambre.

Ponemos atención a nuestras respectivas hamburguesas, pero continuamos hablando.

—¿Y qué le pasa a tu abuela? Si se puede saber.

—La cadera. Le han operado hoy, pero ya está todo bien. Mañana podré verla —me alegro de poder decir estas palabras.

—Parece que estás muy unida a tu familia. ¿Me equivoco?

—¿Por qué lo dices?

—Por el tema este de tu abuela, hoy te he visto realmente afectada por ello. Y también cuando te he visto con tus padres. Me ha dado esa sensación.

—Sí. Me preocupo mucho. Quizá más de lo que debería.

—Nunca está mal preocuparse de más. Así demuestras cuándo algo o alguien te importa realmente.

—Quizá lleves razón.

—La llevo —bromea—. Debes tener muy buenos amigos.

—Bueno... —ha llegado el tema que estaba temiendo.

Pero él en vez de continuar hablando, se queda en silencio y me mira a los ojos. Yo sostengo la mirada unos segundos, pero finalmente me rindo y agacho la mirada tímidamente.

Él se ríe.

—¿Te da vergüenza que te mire?

—No sé aguantar las miradas.

—Deberías aprender. Es algo muy importante.

—¿Importante por qué? —pregunto mientras intento imaginar por qué iba a ser importante mirar o dejar de mirar a los ojos.

—Por el tema de las mentiras. Si agachas la mirada, mientes; si miras directamente a los ojos, dices la verdad.

—O miento demasiado bien.

—Sí —exclama entre pequeñas risas.

Él sigue mirándome a los ojos y los míos vagan alternándose entre los suyos y mi plato.

—Cuando tengas novio y le digas “te quiero” no te va a creer bromea.

—Eso no me importa por el momento.

—¿Y qué es lo que te importa?

—Que los profesores me crean, por ejemplo.

—¿Es que le dirías a un profesor que le quieres? —se mofa.

—¡No! Quiero decir... —entonces me interrumpe.

—Alison, Alison...sé sincera, ¿has intentado camelar hoy a alguno de los profesores?

Le miro con desprecio pero en broma.

—En serio —dice esta vez un poco más formal—. No he entendido lo de que los profesores te crean.

—Me refería a que no crean que copio en los trabajos, en los exámenes... y que les hago la pelota. Ya sabes.

—Ah. Pues creo que deberías practicar —vuelve a burlarse.

—¿Practicar las miradas? —pregunto extrañada.

—Y las mentiras.

—¡Yo no miento! —digo un poco ofendida y después me río.

—Comprobémoslo. Pero tienes que responder rápido, muy rápido. Y no olvides las miradas.

—Vale —respondo rindiéndome a su juego.

Carraspea un poco la garganta.

—¿Cuántos años tienes? —suelta muy rápido.

—Dieciocho.

—Fecha de cumpleaños.

—Trece de diciembre.

—Olvidas el año —me recuerda.

—1991 —mientras digo esto se me traba la lengua, pero me doy cuenta de que estoy manteniendo su mirada.

—¿Tienes novio?

—No —ahora agacho la mirada.

—¡Tienes novio! —dice sorprendido y burlón al mismo tiempo.

—¡No! —exclamo y, al instante me avergüenzo de mi muy elevado tono de voz.

—Me has dejado de mirar a los ojos.

—Pero no es porque estuviera mintiendo. Es porque no me gusta que me pregunten ese tipo de cosas.

—Bueno pero yo no soy tu abuela, ni tus tíos ni nada de eso. No es lo mismo que te pregunten ellos a que te pregunte yo.

—¿Qué quieres decir?

—Que cada uno te lo preguntamos con un fin diferente.

—¿En qué sentido me lo preguntas tú?

—¿Yo? Por nada, por saberlo...

—¿Sería malo si te hubiera dicho que sí?

—Para nada, ¿por qué?

—No sé.

—¿Qué pensarías tú si lo tuvieras?

—Nada malo. En cualquier situación, solo trato de ser amable contigo —me mira con cara de no entender por dónde voy—. Quiero decir, que aunque lo tuviera, habría quedado contigo para salir esta noche.

—Llevas razón. Aunque seguramente tu novio no pensaría igual, pero no tiene nada de malo quedar con un amigo.

—Pero tú y yo no somos amigos.

—¿Quién te dice que no lo seremos en un futuro?

—Yo no he dicho eso —me defiendo.

—Me estás mirando a los ojos.

—Porque estaba siendo sincera.

—Eso me gusta.

Noto el calor en mis mejillas. Me sale una pequeña sonrisa y agacho la cabeza intentando esconder mi cara.—Aún así prefiero que no tengas novio —vuelve a intervenir.

—No lo tengo —repito para asegurarlo.

De repente me siento como nunca antes me había sentido. Recorre por mi barriga una sensación de bienestar de una forma novedosa para mí. Por mi mente pasan recuerdos fugaces de los cuales no me apetece hablar. Eliot y yo mantenemos una conversación constante y agradable, pero nada del pasado. Reímos. Hablamos de nuestras familias, de las clases de hoy, de nuestra comida favorita, de la música que nos gusta... Conecto como nunca había conectado con otra persona. Me gusta esta sensación.

—Por cierto, ¿me dijiste antes que naciste en 1991? —me pregunta curioso.

—Sí, ¿por qué?

—¿Por qué vas con un curso de atraso?

El tiempo se para alrededor durante un momento. Se refiere al año que he perdido actuando por pequeños bares. No quiero hablarle de eso. No quiero que sepa que he perdido el tiempo en algo patético. “Quiero ser cantante”. No. No quiero contarle eso. Es demasiado de película, demasiado infantil. Piensa, Alison, piensa en algo creíble. Mi mirada está perdida a la espalda de Eliot. Entonces vuelvo a mirarle a la cara.

—Bueno...

—¿Estás bien? —me corta— Parecías un poco “ida”.

—Sí, estoy bien —sonrío—. ¿Nos vamos?

—¿Ya te quieres ir a casa?

—¡No! Podemos ir a dar un paseo.

Pagamos y nos levantamos. Él me deja pasar y me pone la mano en la espalda. Un pequeño escalofrío me recorre por todo el cuerpo. Para disimular, miro la hora: son casi las doce. Me doy cuenta de que es demasiado tarde y deberíamos dejar lo del paseo para otro día.

—Oye Eliot —digo un poco indecisa mientras nos dirigimos a su coche-. Creo que es tarde y puede que mis padres estén un tanto preocupados.

—Da un par de zancadas y se pone delante de mí.

—¿Dejamos lo del paseo para mañana? —me dice.

—Sí —le digo casi en una súplica.

—No te preocupes. Te llevo a casa.

Subimos al coche y le indico el camino hacia mi casa. No hablamos nada durante el trayecto. Nos limitamos a escuchar la radio. Al llegar me fijo en las luces de casa. La luz del salón y de la cocina están encendidas. Me desabrocho el cinturón y me dispongo a bajar.

—Gracias —digo a Eliot justo antes de cerrar la puerta.

—Te llamo mañana, ¿vale?

Asiento con la cabeza y seguidamente me doy la vuelta y camino hacia casa.

Una vez en mi habitación, no consigo conciliar el sueño. Era papá el que estaba levantado y al llegar, se ha limitado a darme un beso e irse a la cama.


Miles de pensamientos me recorren. ¿Es esto lo que se siente cuando alguien te empieza a gustar? Tengo unas ganas inmensas de volver a verlo. ¿Se habrá aburrido conmigo? A mi parecer, no, pero quién sabe... Parecía el típico popular del instituto, pero ha resultado no ser así. O puede que en el fondo no todos sean tan idiotas sino que son más amables cuando los conoces. ¿Qué pensará de mí? ¿A qué hora me llamará mañana?



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