05 junio, 2015

Acordes de amor y despedidas - Capítulo 8

Me siento como una princesa que tiene que ir en busca de su príncipe. Siento algo tan especial... no dejo de pensar en él. Es algo que nunca me ha pasado ¿Será sólo obsesión por su atracción física? Tengo algo dentro de mí, algo que me da unas inmensas ganas de gritar de felicidad.

Por momentos desearía tener mi guitarra aún conmigo, y escribir sobre estos sentimientos. Pero inmediatamente pienso que si la tuviera para escribir sobre ello, me encerraría de nuevo durante horas y no tendría tiempo para los demás, ni siquiera para mí misma. Solo tiempo para ella. Tal y como antes ocurría.

No me separo del móvil. Puede llamar en cualquier momento. Mamá se ríe de mí, pero sé que está muy contenta. Por fin está viendo lo que siempre ha querido. No ha insistido mucho en que le contara la cita de ayer, por suerte. Simplemente le he dicho que fue bien, me divertí y me habló un poco de él. A papá ni le he mencionado el tema. Sé que él preferiría verme con la guitarra que con un chico.


Hoy me siento tan diferente a siempre... noto cómo mi corazón va más deprisa, cómo mis facciones se tornan en una sonrisa que se esfuerza por no ser demasiado delatadora. También me siento un poco tonta. ¿Es así cómo se sienten todas las personas cuando piensan en alguien? Quizá estoy pensando demasiado rápido. ¿Debería tardar varias citas más en sentir esto? ¿Es hora de decir que me gusta? No estoy diciendo que esté enamorada, es imposible. Nunca lo he estado, pero he visto películas y enamorarse lleva su tiempo. Tampoco estoy diciendo que yo me vaya a enamorar de Eliot pero, si me enamoro, ¿cómo lo sabré?

El sonido de mi móvil me sobresalta de repente. Vibra en mi mano y del susto se me escurre y cae sobre mi regazo. Lo vuelvo a coger muy rápidamente y contesto sin siquiera mirar quién es.

—¿Sí? —contesto muy nerviosa, con voz temblorosa.

—¡Hola! —suena la voz de Kat al otro lado.

Un bajón invade mi cuerpo.

—Dime

—¿Qué haces? —me dice.

—Nada. Estoy aquí en casa... aburrida. ¿Y tú?

Veo cómo mamá pasa por la puerta de mi cuarto y se me queda mirando.

—Algo harás, ¿no?

—La verdad es que no. Estoy tumbada en la cama.

—¿En qué piensas? —pregunta curiosa Kat.

—En nada interesante.

—Cuando una persona dice “nada interesante” es algo muuuuy interesante.

—Te prometo que no —exclamo mientras río—. ¿Qué querías?

—Sólo estaba aburrida.

—¿También? —pregunto divertida.

—Sí —dice al tiempo que suelta un suspiro.

De repente me acuerdo de Eliot y de que me tiene que llamar. Y puede que me esté llamando ahora. El corazón se me vuelve a acelerar.

—¿Dónde estás? —digo en un intento por acelerar la conversación y acabarla pronto.

—En mi piso. ¿Te apetece quedar hoy?

Ups...

—Mmm... es que... la verdad es que estoy esperando una llamada y...

—¿De quién? No me habías dicho que tienes novio.

—¡Qué no lo tengo! —balbuceo atontada. En cierta manera, me gusta la forma que tiene Kat de sacar conclusiones de la nada.

—Más te vale que me lo cuentes el lunes —dice en un tono amenazante.

—Sí —digo abatida—. ¿Por qué no llamas a Steven? —le sugiero.

—No, tía. Tengo que hacerme de rogar.

—Pero podéis quedar en plan amigos —digo recordando mi cita de ayer con Eliot.

—¡Sí, claro! Yo no quiero amigos, quiero tíos. ¿Entiendes Alison? Tíos —su voz suena irónica y yo suelto una carcajada—. Eres demasiado inocente para ser mi amiga. Pero me caes bien.

—Ni te imaginas lo inocente que puedo llegar a ser —digo recordando mis labios que nunca han sido besados.

—En fin —dice esta vez en un tono más serio—. Te dejo que recibas tu llamada. ¿Nos vemos el lunes?

—Sí. Chao.

—Adiós —termina Kat.

Y cuelgo rápidamente.

Miro el móvil esperando recibir un mensaje de llamadas perdidas. Pero no. Antes de empezar a preparar la comida tenemos que ir al hospital a ver a la abuela, así que me empiezo a preparar para salir, sin quitarle ojo al móvil. Papá ha salido a buscar trabajo, así mamá y yo nos vamos en nuestro humilde coche, conmigo al volante.

Al estar frente a la puerta de la habitación en la que está la abuela, el corazón se me acelera levemente. Mamá da unos golpecitos en la puerta y tras unos segundos la tía Clara nos abre al tiempo que nos indica que vayamos en silencio. Las dos hermanas empiezan a hablar en voz baja y yo me acerco a la cama de la abuela. Está durmiendo. Está demasiado abatida como para mantenerse despierta. Comienzo a alarmarme. Rápidamente me giro y le pregunto a la tía Clara si todo va bien. Ella me asegura que sí, así que no me queda otra que sentarme y esperar a que la abuela despierte para que vea que estoy aquí, a su lado, sin guitarra.

De repente, de nuevo, mi móvil me sobresalta al escucharse un fuerte “ring” desde mi bolso. Mi madre y mi tía se sobresaltan conmigo y yo, mientras localizo el móvil dentro del bolso, miro a ver si la situación ha causado algún efecto en la abuela, pero ésta sigue en la misma posición sin inmutarse.

—¿Diga? -contesto al tiempo que cierro la puerta tras salir de la habitación.

—¡Cielo! —me suelta papá al otro lado del teléfono- ¿Te interesa un trabajo como camarera en una cafetería?

—¿Cómo un trabajo?

—En una cafetería cerca de casa  buscan a alguien para el turno de tarde —me aclara.

—Pero... eres tú el que busca trabajo, papá, ¿por qué no lo aceptas tú? Además, yo no sé si lo haré bien...

—Hija —me corta papá—, sabes que necesitamos el dinero. Tenemos que pagar tu universidad y ahora también las cosas para tu hermano y cualquier esfuerzo es bienvenido en casa aunque suponga un ingreso muy bajo. Yo necesito un trabajo más cualificado. Entiéndelo, Alison —me dice para hacerme reflexionar.

Silencio durante un momento.

—¿Es por la tarde entonces? —digo finalmente.

—¡Sí! —grita él más animado.

—Bueno y... ¿qué tengo que hacer? ¿Me tienen que entrevistar?

—No, no. El dueño de la cafetería es un viejo amigo mío. Él te enseñará lo que tienes que hacer y ya está.

—Está bien... —me rindo.

—Muchas gracias, Alison.

—De nada —respondo auto-convenciéndome.

Acto seguido, cierro el teléfono y reflexiono sobre la situación. Quizá no sea tan malo. Una cafetería no requiere mucho esfuerzo y puede que con el dinero que gane pueda comprarme una guitarra... o incluso recuperar la mía. ¡No! Dios, no... ya estoy otra vez. Eso es agua pasada. He podido comprobar que en cuanto me he deshecho de la guitarra las cosas me han ido mejor: he entrado en la universidad, he conocido a gente y, lo que más me agrada de todo, he conocido a Eliot. Oh, Eliot me tenía que llamar... ¿Lo debería llamar yo?

Sumida en mis pensamientos y en mi dilema de llamar a Eliot o no, vuelvo a la habitación de la abuela, la cual está rodeada por mamá, mi tía y una enfermera.

—¿Qué pasa? —susurro para no molestar a mi abuela.

—Se ha despertado —me dice mamá al tiempo que sonríe y se acerca a mí—. ¿Era él?

Una estúpida sonrisa se me escapa e inmediatamente intento borrarla de mi cara.

—Si con “él” te refieres a papá...

—¿Qué quería papá?

—Me ha buscado un trabajo como camarera en una cafetería.

—¿Como camarera? ¿Y la universidad?

—Es por la tarde, así que puedo compaginar las clases con el trabajo...

—Cariño... si pudiera cogería yo ese puesto en tu lugar pero... —Bajo la mirada a la barriga de mamá y pongo una mano sobre mi futuro hermanito.

—No te preocupes mamá, podré hacerlo —la tranquilizo.

Entonces me acerco a la cama de la abuela para ver cómo se encuentra. Cuando ella me ve, me mira e intenta alcanzar muy lentamente mi mano.

—Mi niña —susurra casi sin fuerza.

—¿Cómo te encuentras abuela? —digo con la emoción a flor de piel.

Pero ella no me contesta, está demasiado agotada y pendiente de lo que la enfermera hace a su alrededor.


Mamá y yo nos encontramos dirigiéndonos hacia el coche ya. Ha sido agradable ver a la abuela, pero aún tiene que recuperar su fuerza. Nos subimos al coche y ponemos de nuevo rumbo a casa. Mamá pasa todo el trayecto en silencio, mirando por la ventana y con sus manos sobre su enorme barriga. Yo me concentro en la carretera, hasta que al doblar la esquina de mi calle diviso a lo lejos aparcado frente a mi casa el Jeep rojo de Eliot.

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