04 noviembre, 2015

Déjame vivir - Prólogo


Prólogo: Es mi noche para vivir

Gabriela salió de la tienda con una bolsa llena de lápices de pintura corporal de color gris y algunos más negros y blancos.

Llevaba esperando esa noche todo un año. Más de una vez se había parado a pensar en lo extraño que era todo, pero rápidamente se olvidaba a causa del enorme deseo que sentía de que aquello ocurriera.

Antes de doblar la esquina de su calle, se bajó la falda remangada todo lo que pudo hasta casi llegarle a las rodillas y se abrochó la blusa hasta el último botón.

—Buenas tardes, señor Gutiérrez —saludó excesivamente cortés a su vecino, que la observaba al caminar desde detrás de la cortina.

«Viejo salido de mierda», pensó. Aún así, le gustaba. Sabía que, a pesar de la vestimenta puritana, con su libido conseguía atraer las miradas de todo el mundo, incluso de alguna que otra mujer.
 
—¡Hola mamá! —saludó desde la puerta al entrar, asegurándose de que su falda no traspasaba los límites permitidos por sus padres.

La madre de Gabriela salió rápidamente de la cocina para evaluar a su hija. Un solo detalle fuera de lo autorizado y tendría que guardar el disfraz de Halloween que venía de comprar para la fiesta de esta noche.


Por suerte para Gabriela, todo estaba bien.

—¿Qué traes? —preguntó su madre acechando con la mirada a la bolsa.

—Sólo pinturas y unos pantalones largos en color gris —. Lo sacó todo para enseñárselo y dejarla tranquila—. ¿Has buscado aquél jersey viejo de papá que me dijiste?

—Sí, lo he dejado encima de tu cama. Mira, hija, ya sé que últimamente hemos sido muy estrictos contigo.

—Demasiado —dijo en tono reprochador Gabriela.

Su madre respiró hondo. Últimamente era muy fácil sacarla de quicio.

—Pero tu padre y yo hemos estado hablando y esta noche te recogeremos de la fiesta algo más tarde de lo que en principio te dijimos. Considéralo una oportunidad para volver a confiar en ti.

Gabriela sonrió, intentado que su expresión fuera lo más dulce posible.

—Gracias mamá. Además, con este disfraz cinco tallas más grandes que la mía, ¿quién se va a fijar en mí?

—Esa no es la cuestión, Gabriela. No tabaco, no porros, no alcohol. Y de otras drogas creo que ni siquiera tengo que advertirte, te considero lo suficientemente inteligente como para saber qué elegir y qué no.

—Y, ¿qué hora es esa a la que me recogeréis entonces? —quiso dejar pasar las palabras de su madre.

—A las dos. Papá estará esperándote fuera en el coche justo a esa hora. No tardes más de cinco minutos en salir, ¿de acuerdo?

—Sí, mamá —contestó Gabriela arrastrando las palabras.

«A las dos. Menuda putada, como mucho podré tomar un par de copas. Cualquier otra cosa no daría tiempo a pasarse el efecto.» Gabriela se estaba haciendo a la idea.

Subió a su habitación y cerró la puerta cuidadosamente. A sus padres no les complacía que se encerrara sin saber lo que estaba haciendo dentro, pero quitarle esa poca privacidad era excesivo.

Se arrodilló junto a la cama y sacó la caja en la que tenía guardadas cincuenta y dos cartas que había estado recibiendo de Osmar cada semana desde que lo había conocido hacía justo un año. Cogió la que estaba más arriba, que la había recibido el lunes. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había leído esa carta en seis días. Incluso casi sabía de memoria cada palabra, pero prefería tocar el papel que él había tocado, deleitarse con la maravillosa caligrafía que él tenía.

Querida Gabi,

No puedo creer que vaya a llegar el momento. El día uno en la madrugada hará un año exacto que nos vimos por primera y única vez. Te prometo que a partir de este uno de octubre nos veremos cada día que tú quieras, aunque yo quisiera verte a todas horas. Me muero por ver tu preciosa cara, por abrazarte. No te asustes si no puedo reprimir mis ganas de besarte. Si me lo permites, estaré haciéndolo toda la noche.

Te prometo que no he cambiado nada, sigo siendo el mismo chiquillo que apenas tiene barba aún. Sé cuánto te gusta eso. Tengo la sensación de que tú también sigues teniendo la misma apariencia. Bueno, prácticamente en el momento en el que nos encontremos, los dos tendremos la misma apariencia.

Ya he comprado mi disfraz. Creo que seremos la pareja más original de todas. A nadie se le ocurre disfrazarse de gárgola en Halloween, la gente no sabe que realmente son aterradoras. ¿Recuerdas aquella historia que te conté sobre estos seres? A mí me fascina, ya lo sabes.

No quiero extender más la última carta que te escribo. Ya sabes dónde hemos de encontrarnos y a qué hora, estoy seguro de que no lo has olvidado. No me respondas, quiero echarte de menos hasta el instante en que te vea.

Osmar

Él tenía la manía de despedir cada carta solamente con su nombre, pero eso no le molestaba en absoluto a Gabriela.

Osmar no imaginaba las inmensas ganas que Gabriela tenía de reencontrarlo, de abrazarlo, de besarlo, al igual que él le contaba en esa carta. Dejaría que le contara aquella historia todas las veces que él quisiera, tan sólo por hacerlo feliz. No podía esperar más.

Se metió en el baño y se dio una larga ducha. Necesitaba estar perfecta. Se frotó bruscamente con la esponja, hasta dejarse la piel roja, como queriendo eliminar cualquier bacteria de su cuerpo.

Aún con el pelo mojado pegado a su espalda, comenzó a pintarse con las pinturas grises, cubriendo su cara, su cuello, su pecho, su barriga, sus manos, sus piernas. Se giraba sobre su cintura para pintarse también por detrás. Cuando acabó de embozarse casi por completo de gris, se dio algunos toques con una cera blanca y la difuminó para dar la sensación de recibir luz en algunas partes de su cuerpo. A continuación, con el negro, se delineó algunas partes de la cara.

Del fondo de la mochila, sacó el que sería su verdadero disfraz: unos shorts negros de talle alto rasgados y un fino sostén de encaje del mismo color.

Se lo puso. El pantalón apenas le tapaba la parte baja de las nalgas. Encima, se vistió con el viejo jersey gris de su padre y los pantalones anchos que se había comprado esa misma tarde.

En su cuarto se calzó unas zapatillas. Se miró al espejo. Con aquella ropa enorme tenía una pinta ridícula, estaba muy lejos de parecer una gárgola. Esperó sentada en la cama la hora de irse, jugueteando con la carta de Osmar entre los dedos y fantaseando sobre lo que podría ocurrir esa noche.

Sonaron unos ligeros golpes en su puerta.

—¡Estoy lista! —Saltó enérgicamente de la cama, cogió su pequeña mochila negra y abrió la puerta. Su padre la esperaba al otro lado.

La miró de arriba abajó y sonrió levemente.

—¿Vamos? —la invitó.

Ambos se dirigieron hacia el coche.

—Cuidado, intenta no tocas los asientos, no quiero que me los manches —le advirtió su padre.

Gabriela se montó cuidadosamente, cerrando la puerta ayudándose de sus dedos índice y pulgar.

Fueron todo el camino en silencio, escuchando la radio.

—Es aquí —anunció Gabi al llegar al número dieciséis de la calle Virgen María.

Le dio un beso a su padre, dejándole un rastro de pintura en la mejilla, y se bajó del coche. Eli, la mejor amiga de Gabriela, saludaba desde la puerta a ambos, vestida de cenicienta muerta.

—¿De qué vas vestida? —le preguntó Eli escéptica—. ¿Vas como de…? No sé tía, no tengo ni idea.

—Ya lo sé, es muy cutre joder. Cállate —. Gabriela le hizo un gesto con la cabeza en dirección al coche de su padre. Ambas le despidieron con la mano sonriendo y esperaron que se fuera.

Cuando hubo desaparecido, Eli sujetó la mochila de Gabi y ésta se quitó la ropa tapadera. La arrugueteó y la escondió detrás de una maceta que había en la entrada. Volvió a colocarse su mochila, sacando antes un par de cigarros para ambas.

—Ahora me gusta más tu disfraz, aunque sigo sin saber de qué vas.

—De gárgola putón —dijo, al tiempo que soltaba el humo de la primera calada—. ¿Tienes la bicicleta preparada? —le recordó a Eli.

—Sí, está en la cochera. Cuando llegue la hora recuérdamelo.

—Estoy muerta de hambre.

—Busca en la cocina, tiene que haber algo que te guste.

Ambas se adentraron en la casa, que era una penumbra tenuemente alumbrada por luces rojas y verdes. Simulaciones de telarañas gigantes colgaban de todas partes, pero no había ninguna decoración más típica de Halloween. Gabi giró la mirada hacia el salón, que aún estaba semivacío, y en el centro había una calabaza bastante grande vacía por dentro, pero no estaba decorada como las típicas calabazas de Halloween.

—¿Para qué es eso? —le preguntó a Eli.

—Dentro está el gran premio. Cada persona suelta ahí su chuche para compartirla con todos. ¿No habrás olvidado la tuya, verdad?

Gabi sujetó el cigarro con los labios y rebuscó en su mochila. Sacó una bolsita de marihuana y se la dio a Eli, que la lanzó al interior de la calabaza.

Se hizo un sándwich y se lo comió muy deprisa. En ese tiempo, la casa se llenó de gente disfrazada y la música subió de volumen. El ambiente se enterró en humo. De vez en cuando se escuchaba un grito asustador seguido de gritos asustados.

Gabriela miró impaciente la hora en su móvil. Aún faltaban dos horas para la cita, quizá se podía permitir el lujo de fumar un porro.

Se dirigió al salón. Todo era muy tétrico. Los chicos irreconocibles la saludaban y ella ni tan siquiera intentaba mostrar una pizca de simpatía a cambio.

—¿Me lías uno? —preguntó a alguien que estaba en ese instante sacando una bolsita de la calabaza. Éste asintió y al cabo de un rato le tendió el porro a Gabi—. Gracias.

Se sentó en el sofá y lo encendió. Empezó a fumarlo sin pensar en compartirlo. Un chico, que no se había molestado en disfrazarse, le llevaba una bebida. Ella la aceptó.

—¿Qué es?

—¡Vaya! De nada —dijo el chico irónicamente.

—¿Qué es? —repitió ella antes de darle el primer trago.

—Ginebra.

—Bien. Gracias.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

—Gabi. ¿Por qué no vas disfrazado?

—Halloween me parece una tontería. Es una escusa más para montar una fiesta y tomar unas cuantas drogas con unos desconocidos. Además, no es una fiesta nuestra.

—Bueno, al menos este fin de semana se diferencia en algo del resto.

—¿A ti te gusta?

Gabi se paró a pensar en su respuesta. El año anterior había acudido a una fiesta de Halloween totalmente diferente a la que se encontraba en ese momento. Estaba todo auténticamente tematizado para la fecha, había caramelos de todas clases y dulces con forma de fantasmas. Ella y Eli se habían disfrazado de piratas zombis. No eran más que un par de niñas de dieciséis años que habían acudido a una fiesta donde incluso había padres. Volvieron a casa de Gabi relativamente temprano para dormir juntas, pero un par de horas más tarde se escaparon para ir a otra fiesta, en la que Gabi conoció a Osmar.

—No lo sé. Supongo que sí. Me gusta tener una excusa para llevar poca ropa —bromeó. El chico rió y se acercó un poco más a ella. Gabi se dio cuenta—. ¿Cómo te llamas tú?

—Pensaba que no me lo ibas a preguntar nunca. Me llamo Carlos, encantado.

—Igualmente —dijo ella, y le ofreció el porro, pero el chico no aceptó.

—Y tú… ¿eres amiga de Eli?

—Ajá —contestó desinteresada.

—¿Y cómo es que monta esta clase de fiesta en su casa? ¿Sus padres están fuera o algo así?

—No tiene padres. Murieron hace un año, justo en la noche de Halloween. Tuvieron un accidente. Eli no tiene hermanos así que se quedó la casa para ella sola. Una tía suya es su tutora legal pero sólo le suelta la pasta y se desentiende del tema. Yo creo que lo lleva bastante bien—mintió. Ni ella misma creía cómo toda esa historia había salido tan espontáneamente de su cabeza. Carlos puso los ojos como un búho y Gabriela dio una fuerte carcajada al ver su expresión—. Menuda cara. Es mentira. Sus padres están de viaje. Resulta que decidieron casarse un treinta y uno de octubre, así que están celebrando su aniversario, y Eli tiene vía libre para montar un festín de drogas.

—¿Es la primera fiesta que monta? —preguntó, intentando disimular que se sentía avergonzado por haberse creído la historia.

—Sí. Y yo creo que por el momento va bien.

Ambos miraron el ambiente. Ya no se veían huecos libres en el salón y no dejaban de entrar y salir manos de la calabaza.

—Eso se va a vaciar pronto —asumió Carlos.

—Sí, y parece que no te va a dar tiempo a probarlo. ¿Seguro que no quieres?

Carlos la miró durante unos segundos, dubitativo. Finalmente se lo quitó de las manos y le pegó las últimas caladas. Ella sonrió. Se dio cuenta de que le gustaba aquel chico. Ya sentía que la mente le volaba un poco.

—¿Quieres bailar? —le invitó ella—. Me encanta bailar —dijo perfilando una sonrisa perfilada. Sus párpados ya se pronunciaban entrecerrados.

Carlos se incorporó y la ayudó a levantarse tirándole de la mano. Se aproximaron, se arrimaron más de la cuenta, y comenzaron a bailar.

Al cabo de una hora y media, habían bailado siete canciones, habían compartido un porro, tres cubatas y el chico había acabado con su mano subiéndole por el muslo.

De repente, Eli apareció.

—Creo que deberías ir yéndote —avisó a Gabi.

Carlos la miró con cara de sorpresa y decepción a la vez. Estaba claro que aquel plantón no se lo esperaba. Gabi lo miró y le sonrió exageradamente.

—Lo siento, no me  acuesto con chicos que no me quieren, aunque estén buenos —le dijo en modo de despedida.

Las chicas salieron corriendo hacia la cochera. Gabi se montó en la bicicleta mientras Eli abría la puerta.

—Estoy deseando que vuelvas para que me lo cuentes todo —le confesó.

—Van a ser dos horas fugaces.

Salió a la calle, antes de empezar a pedalear hasta la otra punta de la ciudad, apoyó los pies en el suelo y tomó aire. Se sentía mareada. Temía caerse en el camino. Cogió fuerzas y empezó el trayecto.
Le llevó casi veinticinco minutos llegar al destino.

—Callejón de las Espinas —leyó en voz alta.

Aseguró la bicicleta con un candado en una farola. Se sentía bastante más despejada.

Mientras esperaba, empezó a sentirse demasiado intranquila. La barriga le comenzó a doler y además notaba el frío entrándole por la piel. Los pocos minutos que tuvo que esperar se le hicieron eternos.

Sacó un cigarro para relajarse. Antes de ponérselo en los labios para encenderlo, una mano llegó desde atrás y se lo quitó. No había oído a nadie llegar. Gabi se quedó helada y, al instante, aliviada, comprendiendo que era él. Se dio la vuelta, y lo vio de cerca.

Ahí estaba, a cinco centímetros de ella, con una sonrisa pícara semiescondida por un montón de pintura gris. Su disfraz parecía bastante más real que el de ella.

Levantó el mechero y, tras varios intentos, logró sacar la llama para que Osmar encendiera el cigarro. Le dio una calada y se lo pasó a ella.

—Hola —dijo por fin Osmar.

Su voz hizo que a Gabriela le temblara cada parte del cuerpo. Sonrió tímida.

—Hola —susurró.

—Eres la gárgola más hermosa que he visto en mi vida.

—Teniendo en cuenta que no hay ninguna gárgola bonita en el mundo… Escucha, no tengo mucho tiempo, a las dos tengo que estar de vuelta. Bueno, un poco antes, no quiero cagarla otra vez con mis padres. Ya sabes cómo están las cosas.

En sus cartas, Gabriela le había contado cada detalle de su vida, desde el pasado hasta el presente. A esas alturas, había pocas cosas que Osmar no supiera de ella.

—Es tiempo más que suficiente —le dijo él convencido—. Todo lo que quiero es estar muy cerca de ti.

Le quitó el cigarro de la mano y lo lanzó al suelo. Después la abrazó y ella le rodeó con sus brazos y apretó tan fuerte como pudo. Respiró profundamente. Era el mejor olor que había olfateado en su vida. Estaba frío, como las piedras, y eso le atrajo aún más.

—Bésame —le pidió ella, aún fundidos el uno con el otro.

Osmar aflojó los brazos y se separó levemente de ella, tan sólo para inclinar su cabeza y cumplir su deseo.

Se besaron. Se besaron como si fuera el primer beso de ambos, con tanto ímpetu como si estuvieran probando la mejor comida del mundo, como si fuera la última cosa que iban a hacer en sus vidas.
Gabriela estaba alucinada. No sabía si era por la pintura, pero su boca ahora tenía un ligero sabor a sangre, lo que la excitó aún más.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué no hemos podido hacer esto antes? —quiso saber, pensando en la cantidad de besos que se habían perdido.

—Al fin y al cabo, tú también lo querías así —le persuadió él—. ¿O acaso te negaste a darme tu dirección cuando te la pedí?

Gabi sabía que llevaba razón.

—Podría haberte dado mi número de teléfono.

—Pero tú no querías realmente hacer eso.

—La idea de las cartas me pareció demasiado romántica —admitió.

—Y el esperar el reencuentro te provocaba.

—Me volvía loca.

—Loca en dos sentidos —quiso aclararle él, como si fuera sus pensamientos—. Loca de desesperación y loca de amor.

—¿Por qué iba a volverme loca de amor por ti sin verte?

—Es en lo que consiste precisamente el amor.

Gabriela se ruborizó y se alegró enormemente de que él no lo pudiera notar gracias a la pintura.

—Pero, ¿por qué esta noche?

—Simplemente, quería hacer de Halloween una noche especial.

Gabriela pensó que era una escusa estúpida, pero no le dio más vueltas al asunto.

—Cuéntame otra vez la historia —le pidió, sin reconocer que se la sabía de memoria.

Sin pensarlo dos veces, él comenzó.

—Todo el mundo se queda perplejo cuando levanta la vista y observa la gárgola que preside la portada de la iglesia. Es difícil reconocerla, es pequeña, pasa desapercibida y nadie sabe por qué alguien decidió colocarla allí. Sólo ella misma conoce su historia, ella, que lo puede observar todo, que cautiva a los que la miran, los cautiva y, sin éstos saber por qué, los aterroriza. Dicen, juran que la gárgola pestañea, mueve sus ojos de lado a lado y esboza una ligera sonrisa malévola. Ella lo vigila todo desde allí arriba durante todo el año…

—Nunca me has contado quién la colocó allí —le interrumpió Gabi.

—Hace ciento cincuenta años, aproximadamente, esta iglesia se construyó por mandato de un cura que había sido infiel a sus principios. El cura de lo que era entonces esta ciudad, nada más que un pequeño pueblo, se había enamorado de su propia prima, no había podido resistir a sus encantos. Entre miles de rezos y lamentos, le pidió a su dios perdón y se excusó diciendo que sólo sería una vez. Así, en esa única vez, la joven, que sólo tenía dieciséis años, se quedó embarazada de un hijo prohibido. Ella, que no podía seguir mintiendo a sus padres, se lo confesó todo y su padre, que ciertamente era el tío del cura, lo quiso matar. En un intento de salvarse, el impuro cura le juró que había visto a Dios y éste, le había encomendado construir el templo. Sólo él sabía cómo Dios lo quería, así que no podía morir. El padre, tan creyente y estúpido que era, lo perdonó, pero naciendo en su mente una nueva idea: ese niño no podía vivir. Encerró a su hija en casa, para que nadie se percatara del embarazo. Durante esos nueve meses, el cura se apresuró en dar órdenes para construir el templo, cuyas obras finalizaron el mismo día en que la joven dio a luz. El padre se dirigió durante la madrugada a la iglesia, con el niño en brazos, y lo dejó a sus puertas, con una nota que decía: “tendrás que acabar con él, o le contaré a todos que violaste a mi hija”. Al encontrarlo, el cura se avergonzó profundamente de todo lo que había acontecido, pero prefirió manchar sus manos de sangre que ser abochornado y repudiado públicamente, así que sin pensárselo, le clavó un puñal en el corazón. Días más tarde, con el alma hundida en pena, mandó construir una pequeña gárgola, que fue colocada en la cima de la portada de la iglesia. Dicen que la gárgola contiene el alma de aquel niño asesinado por su propia padre.

Sin darse cuenta, se habían sentado sobre el césped de un parque solitario y oscuro, en frente de la iglesia más antigua de la ciudad, que estaba iluminada por la luna.

Varios escalofríos seguidos recorrieron el cuerpo de Gabriela. Comprendió que aquella era la iglesia de la leyenda. Miró hacia arriba, pero no encontró ninguna gárgola. Cuando volvió a mirar a Osmar, éste la observaba mientras esbozaba una gran sonrisa.

—No creerás que esa historia es cierta, ¿no? —se burló él.

—Claro que no. Es absurdo. ¿Quién te la contó?

—Mi padre, me la contaba cada noche de los difuntos. Creo que siempre pretendía asustarme, pero no lo conseguía.
—¿Es por eso que te fascinan tanto las gárgolas? —le preguntó Gabi.

—Supongo.

Ella adoraba los extraños gustos de Osmar. Incluso su extraño nombre.

—¿Eso pasó, supuestamente, en esta ciudad? —quiso saber ella.

—Sí. En esta ciudad y en esta iglesia.


Gabriela miró el viejo edificio de piedra gris que tenía restos negros cayendo como si fueran rastros de sangre. Una de las ventanas que se encontraban a ambos lados de la puerta principal estaba rota. No sabía por qué ni cómo, pero quiso hacer algo. Tal vez porque sabía que si lo proponía, aquello le encantaría a Osmar.

—No te atreves a entrar —le retó.

—Sólo me atrevo si tú vienes conmigo —aceptó él.

Se levantaron y se encaminaron hacia la iglesia abandonada.

Buscaron otra alternativa para entrar que no fuera la ventana rota. Osmar dio un ligero empujón a la puerta y ésta se abrió.

—Cualquiera diría que no es la primera vez que entras aquí —dijo Gabi.

Él rió, pero no dijo nada.

La puerta pareció gruñir al abrirse. Todo estaba oscuro dentro. Se dejaron guiar por la luz de la luna que entraba por las altas vidrieras. Gabriela se paró en el centro del pasillo, entre los bancos, y dio una vuelta mirando hacia arriba.

El techo era alto y parecía haber sido quemado. Un arco indicaba el inicio de una cúpula mayor y en la pared final había varios pequeños altares vacíos. Gabi supuso que años atrás estaban ocupados por diversas tallas religiosas.

Osmar estaba junto a la mesa del altar mayor, donde había un par de velas. Gabi podía distinguir su sombra. Le lanzó el mechero y Osmar las encendió.

—Es tenebroso. Hace parecer como si la historia fuera real —susurró ella, intentando no hacer mucho ruido, como si fuera a molestar a alguien.

—Es bastante morboso —dijo él a cambio.

—¿En serio? Es asqueroso. Mira cuánto polvo —se quejó Gabi —. ¿Hace cuándo dejó de funcionar esta iglesia?

—Unos cincuenta años, creo.

—Debía de ser bonita antes.

Osmar se sentó en los escalones y ella lo acompañó, un poco repugnada.

—Gabi, yo quiero algo más de ti —continuó él, dando un giro drástico a la situación.

—No entiendo —se justificó ella.

—Yo quiero que seas mía. Sólo mía.

Se quedó petrificada. ¿Qué podía responder a eso? En lugar de decir nada, se lanzó sobre él, sobre sus labios. Se fundieron nuevamente en un tierno beso. Él se recostó sobre el césped y ella se colocó encima de él. Se deshizo rápidamente de la mochila. La pasión se estaba apoderando de ella, y no comprendía cómo era posible. Sin darse cuenta, sus manos le estaban desabrochando la camisa.

—Saboréame —le pidió él.

Se sintió tonta por las cosquillas que le invadieron. Bajó por su cuello dándole ligeros besos, siguió besando donde iba desabrochando cada botón. De repente, en su comisura derecha, notó cómo le rozó algo rugoso, algo que no tenía nada que ver con la suavidad de su pecho. Se apartó para ver disimuladamente. Osmar tenía, justo donde se encontraba el corazón, una cicatriz alargada.

Gabi se asustó, pero no pudo evitar acariciar la marca con su pulgar.

—¿Qué es esto? —preguntó curiosa.

—Es lo que me sigue dando la vida cada año —le dijo él—. Lo siento, Gabi, realmente te he apreciado —confesó.

De repente, se sintió exageradamente asustada. Osmar le apretó la muñeca y la giró, quedándose esta vez él sobre ella. Gabi apenas se podía mover. Con la otra mano, él buscaba algo en el bolsillo de su pantalón.

Ella empezó a forcejear, quería salir de ahí, quería quitárselo de encima y correr. Con la mano que le quedaba libre intentó buscar algo para defenderse. Consiguió agarrar el mantel de tela que cubría la mesa del altar y lo arrastró. Cayó encima de ambos, tirando las velas al suelo y haciendo que éstas se apagaran.

Osmar se sintió confuso y ya con un puñal en la mano, intentó zafarse del mantel.

Sin saber cómo, Gabriela consiguió salir, aunque desorientada. Se dirigió hacia la puerta más cercana, que llevaba a otra habitación.

Instantes después, Osmar comenzó a perseguirla. Gabriela cerró la puerta y subió por unas escaleras. No tardó mucho en escuchar la puerta abrirse de nuevo.


Al final de las escaleras había otra puerta. Gabriela tiró de ella pero no se abrió. Buscó por las escaleras algo con lo que pudiera romper la ventana que había, pero no encontró nada. Tomó valor, se agarró fuerte a la barandilla y se impulsó contra la ventana, adelantando la pierna para darle una patada. Rompió el frágil cristal en mil pedazos que le cayeron por encima. Cogió uno grande y salió por la ventana al exterior. Se encontraba en una terraza enorme que daba la vuelta a la cúpula que cubría las escaleras interiores. Aún ni siquiera sabía de qué estaba huyendo, pero intuía que debía hacerlo. Se escondió en la parte opuesta a la salida. Pronto escuchó las pisadas de Osmar que quebraban más aún los cristales del suelo.

—No vas a poder salir de aquí. ¡Lo sabes! —gritó furioso.

Gabriela se dio cuenta de que estaba llorando. Miró el cristal que sujetaba en la mano. Lo apretaba con tanta fuerza que estaba sangrando. Intentó prestar atención a las pisadas de Osmar, pero casi no podía oír nada.

Empezó a caminar pegada a la pared, muy cuidadosamente. Quería llegar de nuevo a la ventana para escapar de allí. Sabía que se estaba aproximando, ya podía ver los cristales rotos. Inspiró profundamente y echó a correr.

Osmar la sorprendió saliendo de dentro. Se abalanzó sobre ella y la tiró al suelo.

Gabi gritó muy agudamente. Al mismo tiempo, Osmar preparaba el puñal en su mano.


Sin pensárselo, Gabi impulsó el cristal y se lo clavó a Osmar en la espalda. Él exhaló un grito y le clavó el puñal a ella.

Pero se equivocó de lugar. No acertó de lleno, sólo le rozó el corazón. Nunca le había pasado esto.

Gabi se quedó tumbada sobre él. Algo había salido mal, él no debería estar ya allí. Cerró los ojos, esperando que algo  pasara. Sentía el cristal clavado en su espalda. Dejó que la sangre fluyera y, poco después, entró en un profundo sueño.


De un momento a otro, el cuerpo de Osmar desapareció entre el frío de la noche, así como el puñal, y Gabi quedó tendida en el suelo bocabajo, inconsciente. 





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Esta historia continuará...


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