09 noviembre, 2015

Acordes de amor y despedidas - Capítulo 18

Y aquí estoy de nuevo, sentada en este poyete, justo en el lugar donde la marca de Drew parece estar ya fijada.

“Esta noche.” Me lo repito una y otra vez. Esta noche puede ser cualquier hora, puede ser a las nueve, a las doce, a las tres de la mañana… ¿y si me paso aquí las horas esperando? Un momento… ¿y si resulta que no es Drew, sino Eliot? ¿Pero por qué iba a ser Eliot? No sé… comienzo a pensar que está un poco loco. Puede que me haya mandado ese mensaje y me esté vigilando. Miro a mi alrededor, esperando descubrirlo, pero no. Ni rastro de Eliot, ni de Drew.

Un grupo de chicos de entre nueve y doce años se paran junto a mí con sus bicicletas. Dos de ellos entran a la cafetería y justo entonces uno de mis compañeros de trabajo, Darío, me ve desde dentro. Sale corriendo hacia mí.


—Alison, qué bien que estés aquí. ¡Y qué casualidad! —dice entre pequeñas risotadas sofocantes—. Justo te iba a llamar ahora —demasiadas explicaciones. Ve al grano—. Necesito que te quedes en la cafetería y la cierres.

—¿Por qué? A mí no me toca hoy.

—Ya, ya. Es que… verás… esto… he tenido un pequeño accidente. Tengo que ir al hospital en cuanto termine aquí. No te preocupes, ya sabes que en estos días no viene mucha gente así que no estarás apurada. Te prometo que se lo diré al jefe para que te dé todas las propinas  —le escucho mientras él habla, habla y habla.

—Y parte de tu sueldo —me burlo—. Está bien. Entraré en un rato. Ahora tengo algo que hacer.

—Gracias, gracias, gracias —dice rápidamente mientras se da la vuelta y se marcha cojeando otra vez hacia la cafetería.

—¡Cómo mola! Parece que estás follando —grita de repente uno de los niños mirando a otro que hace botar su bicicleta sobre sus ruedas.

—Como si tú supieras lo que es eso —digo a regañadientes.   

Algunos de ellos me miran sorprendidos. El chico del mal vocabulario se atreve a contestarme.

—A ti te follaría, rubia —me dice en un intento de patético y grotesco piropo.

—Pues sigue botando sobre esa bicicleta, que es lo único más parecido que harás hasta dentro de unos cuantos años.

Los demás críos se ríen y al que me dirijo se ofende sin saber qué más contestarme. Entonces emprenden de nuevo su camino y me dejan de nuevo sola.

—¡Bu! –grita Drew a mis espaldas.  

—Madre mía, ¡qué susto! —le digo alegre.

—¿Llevas mucho rato aquí?

—No mucho, no te preocupes —le miento por cortesía—. ¿Qué hay de esos mensajes?

—Primero, he de contarte una historia. Quizá no te interesa pero…

—Está bien, está bien. Pero antes quiero saber, ¿cómo narices conseguiste mi número?

—Mira a tu compañero de trabajo —ambos dirigimos la mirada al interior de la cafetería a través de las cristaleras—. Es débil. Si le dices que te regale un café, lo hace —me quedo extrañada—. No he gorroneado ningún café de tu cafetería, tranquila. Pero sí tu móvil. Se lo pedí y me lo dio, sin más.

—¿Y qué escusa le pusiste para que te lo diera?

—Nada. Cosas de chicos.

—Está bien. Prefiero no saberlo —. Se ríe.

—¿Has cenado? —me invita sutilmente.

—Sí. Pero aún me cabe un postre.

—¿Un helado?

—Hace un poco de frío. Prefiero un chocolate o algo así.

—Puedes “invitarnos” a un chocolate en tu cafetería.

—¿Ya estás gorroneando otra vez? —. Vuelve a reir.

—Venga, entremos —. Se abre camino y sostiene la puerta para que entre yo primero.

—Gracias. Menudo caballero estás hecho.

—Todo acosador ha de ser amable con las chicas a las que incordia, para no ser descubierto, ya sabes.

—Vale, me estás asustando —digo, medio en broma, medio en serio. Él, a cambio, suelta una fuerte carcajada.

—¿O tal vez debería decir que eres tú la que me acosa a mí? 

—¿Perdona? —digo, captando que está tomándome el pelo y siguiéndole la corriente. Me hago la disgustada.

—No es la primera vez que te encuentro ahí, en mi lugar de trabajo, sin dejarm…

—Vale, vale —le corto por medio de risas—. Lo he captado. Venga, estoy impaciente. Darío, dos chocolates calientes aquí, por favor —digo mientras nos sentamos en los taburetes junto a la barra.

Nos quedamos en silencio un momento, sin saber cómo seguir la conversación. Justo entonces, suena mi móvil. Un mensaje, cómo no. Eliot.


“¿QUÉ TAL ESTÁS? TE ECHO DE MENOS.”


Dejo salir un gruñido de mi garganta.

—Oye, si tienes que irte, o no quieres estar aquí no te preocupes —se lamenta Drew.

—Ah, no. No te preocupes. Era sólo… no era nada. Mi amiga. Bueno, ¿me vas a decir ya de una vez qué es eso que me pertenece?

—Sí. Emm… —parece abochornado—. Bueno, como te he dicho, es una historia que puede que te interese. No sé cómo empezar.

—¿Te he visto antes en algún otro lugar? —pregunto intentando recordar.

—Sí. Vale. Lo diré así: todo tiene que ver con tu guitarra.

—¿Tienes mi guitarra? —grito en mitad de la cafetería.

La última persona que quedaba se levanta y se va como si le hubiera entrado el pánico por mi culpa. Darío, rápidamente, me hace un gesto dándome a entender que ha llegado mi turno de quedarme y cerrar y, seguidamente, se marcha cojeando. Me levanto tras él y echo la llave para que nadie más entre, sin olvidar dar la vuelta al cartel. “Cerrado”.

—Bien, como Darío no está, hoy la cafetería cierra antes de tiempo y estos chocolates son gratis —digo intentando romper el hielo de nuevo.

—¿No podrían ser gratis también algunos donuts? O mejor, ¿unas tortitas? —me dice Drew con una sonrisa esperanzadora.

—Está bien, pero sólo un donut.

—¿Uno para los dos?

—Por supuesto que no. Uno para mí. Las migajas que caigan, para ti.  


Drew aplaude totalmente complacido por mi broma. Entonces saco un par de donuts. Nos cambiamos a una mesa y la historia, comienza.

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