02 diciembre, 2015

Déjame vivir - Capítulo 2: Explicaciones

Mientras intentaba librarse de la voz de Osmar en su cabeza, volvió a dormirse en el sofá con el sonido de la televisión de fondo. No tardó mucho en despertar nuevamente.

Se levantó del sofá y se quedó de pie mirando a su alrededor, como examinando cada rincón de la estancia. Se aventuró al pasillo y subió las escaleras con precaución. Al final de éstas, se detuvo nuevamente a echar una ojeada. Finalmente, se decidió por abrir la primera puerta, detrás de la cual había una enorme cama y una decoración demasiado sutil y madura para tratarse del dormitorio de una adolescente. Pasó de largo y probó con la siguiente puerta. En efecto, había conseguido dar con su habitación.

Se introdujo deprisa y cerró la puerta con delicadeza, intentando hacer el menor ruido posible. Allí, intentó examinar cada parte, cada elemento. Se acercó al escritorio y se sentó. Allí, cogió una libreta y un lápiz, y escribió la siguiente dirección: Lorena Padilla, calle Flores de Lémur, número veintisiete.

Pasó la página, y se apresuró a escribir:



Querida Lorena.

Ya sé que ni tan siquiera han pasado 24 horas desde que nos conocimos, pero no he podido aguantar más a escribirte. Espero que no creas que hago esto con todas las chicas. De hecho, vi algo en ti, no sé qué podría ser, pero supe que debía hacer de nosotros algo especial, algo que nadie hace. ¿Sabes? Las tecnologías son demasiado ambiguas para mí. Creo que he heredado el romanticismo de mi padre. Me gustan los detalles. El hecho de conocerte mediante cartas, en lugar de a través de mensajes de teléfono, ¿no crees?

Nuestro primer encuentro fue maravilloso. Me pareciste una joven única, además de hermosa, aunque supongo que eso es algo que te dirán a menudo. No sé cuándo podremos volver a vernos, pero espero que me des una oportunidad y me contestes a esta carta. ¿Recuerdas que te di mi dirección? Escríbeme ahí, no lo olvides.
Permíteme conocerte mejor.

Osmar.


Arrancó la hoja y la dobló. Pensó que en su cuarto debía haber sobres y sellos guardados, de cuando Gabi le escribía a Osmar. Buscó en los cajones del escritorio y allí los encontró. Metió la hoja en un sobre, le escribió la dirección de la misteriosa Lorena y le colocó el sello.

Se quedó allí sentada unos minutos, reflexionando y respirando profundo. Aún no comprendía qué podía haber ido mal para que esta vez fuera diferente.

Inclinó la cabeza hacia abajo y se miró el cuerpo. Llevaba un pijama asquerosamente infantil y femenino, todo rosa y morado con un osito bordado en la camiseta y una especie de orejas en relieve. Se dirigió al armario y observó la ropa, arrastrando desinteresadamente las perchas.

—¿Cómo conseguía enfadar a sus padres por la vestimenta? —se preguntó en voz alta. Todas las prendas eran demasiado largas y anchas.

Cogió unos vaqueros que parecían cómodos y un jersey con una especie de estampado étnico. Ahora le tocaba buscar unas zapatillas o algo con que calzarse. Bajo la cama encontró varios pares de botas y zapatillas. Se puso las primeras zapatillas que alcanzó.

Ahora tocaba la parte difícil: salir de casa, buscar un buzón para echar la carta y volver sin tan si quiera saber si habrá alguien en casa cuando vuelva para abrirle la puerta.

Un sigiloso cierre de puerta y cinco calles recorridas después, consiguió visualizar un buzón de correos al final de una avenida concurrida de la pequeña ciudad. Sintió alivio de no tener que andar más para seguir buscando. Tenía que volver a casa cuanto antes, si es que recordaba cuál era exactamente, y acostumbrarse a sus nuevas circunstancias.

Llevaba la carta fuertemente sujeta en la mano derecha, apretándola entre sus dedos para asegurarse de que no se le escapaba. De un instante a otro, cuando ya se estaba acercando al buzón, sintió una fuerte punzada en la cabeza, como la que había sentido justo después de despertar la primera vez. La vista se le nubló y se mareó ligeramente. Perdió el equilibrio y se dejó caer al suelo de rodillas, dándose un fuerte porrazo en los huesos.

Inhaló profundamente y casi dio un grito ahogado. Cuando se recuperó, Gabi comenzó a jadear. ¿Qué hacía allí tirada? ¿Cómo había llegado hasta ahí? No recordaba nada. Se asustó.

Seguía sujetando la carta, que se había arrugado un poco al estrujarla entre su mano y el asfalto.

«¡No! Maldita sea.» Era la voz de Osmar de nuevo en su cabeza. «Gabriela, echa la carta. ¡Échala!» Sonaba furioso. Gabriela, sin saber por qué, obedeció. Se levantó e introdujo la carta en el buzón.

Notaba que tenía los ojos redondos, sorprendida de lo que estaba sucediendo. Por un momento, pensó que no podía controlarse a sí misma, pero de repente comenzó a correr en dirección a la casa de su amiga Eli. Corrió y corrió, incluso aunque se quedaba sin aliento. Quería llegar cuanto antes.

La entrada de la casa estaba llena de basura. Incluso la bicicleta, que Gabi había usado la noche anterior, seguía allí tirada. Pulsó el timbre numerosas veces, hasta que Eli abrió la puerta. Ésta tenía un aspecto terrible, mezcla de una resaca interminable y la desesperación de tener que dejar el horroroso destrozo de casa limpio y ordenado antes de que volvieran sus padres.

—Ah, ¡por fin! Pensé que no vendrías a ayudarme —confesó aliviada Eli.

Gabi entró rápidamente al interior y cerró la puerta.

—No vengo a ayudarte. ¿Estás sola?

—¿Cómo que no vienes a ayudarme? ¿Crees que puedo limpiar esto sola?

—Era TU fiesta, nunca me dijiste que después tendría que venir a limpiar la porquería. Además, yo estuve aquí poco rato.

—Es verdad, ¿qué tal fue? No te vi volver —. Ahora Eli parecía haber olvidado la casa y se había centrado en la cita de Gabi.

—No sé ni por dónde empezar.

—No pareces muy satisfecha. ¿Era feo? ¿No estaba cachas?

—No, no es eso. Es que… joder. Es difícil de explicar. Vas a pensar que estoy loca. Bueno, yo ya pienso que lo estoy. No sé qué me pasa.

—No entiendo nada. ¿Loca? ¿Por qué? —Eli agarró una gran bolsa de basura negra y empezó a echar al interior cosas al azar.

Gabi se fijó en una mancha gris que resaltaba en la pared blanca. Se dejó caer pesadamente en el sofá, justo en el mismo sitio donde había estado charlando con Carlos. Inspiró profundamente y cogió valor para soltarlo todo del tirón.

—Todo iba bien, nos besamos y casi nos acostamos. Pero de repente me encontré forcejeando contra él y contra un cuchillo que tenía en su mano. Tengo un leve recuerdo de que me lo hincó, pero no tengo nada —. Volvió a mirarse el pecho para cerciorarse, separando el jersey de su cuerpo.

—¿Qué? O sea, ¿qué tomaste? —Eli no pudo contener una risita, y a Gabi eso le molestó.

—Estoy segura de lo que pasó. Yo cogí un cristal roto para defenderme, y se lo hinqué en la espalda, creo —se quitó la venda de la mano para enseñarle a Eli las heridas.

Eli enterró la mirada en la palma de la mano de Gabi. Se le quedó la boca abierta y la bolsa de basura se le escapó de la mano, haciendo un estruendoso ruido de todas las latas y botellas de plástico en su interior. Se posó en el sofá y examinó la mano.

—¿En serio? ¿Te intentó matar? ¿Y qué pasó después? ¿Cómo saliste de allí?

—Esa es la parte que no recuerdo bien. Me quedé inconsciente, pero no sé por qué, no tengo ningún golpe en la cabeza. Después me desperté, estaba sola y me largué de allí corriendo. Volví a tu casa, la bicicleta está tirada en la entrada —le avisó—. Me duché y llamé a mi padre con tu móvil. He perdido el mío, lo tenía en la mochila, y también las llaves y la cartera.

Eli no podía articular palabra. Casi no creía lo que estaba oyendo. Su mejor amiga había estado a punto de ser asesinada por un perturbado que la había estado enamorando durante un año.

—Pero, ¿qué vas a hacer? ¿Se lo has contado a tus padres?

Gabi comenzó a recaer y dejó salir otra vez las lágrimas.

—No tengo ni idea, Eli —dijo desesperada—. No sé si contárselo a mis padres, si llamar a la policía… y, ¿qué explicaciones daría entonces?

—Tienes que ir a la policía. Hay un asesino suelto. Joder, Gabi, ¡tienes su dirección! Sólo tienes que explicar a la policía los hechos y dársela. Lo cogerían al instante.

—No es tan fácil, Eli.

—¿Cómo que no? ¿Es por tus padres? ¡Eres subnormal! Es arriesgarte a que ese chalado te vuelva a buscar o que tus padres te castiguen por enterarse.

—¡Creo que él no existe!

Eli agachó la cabeza y se puso la mano en la frente, haciéndole saber a Gabi que era absurdo lo que acababa de decir.

—¿Que no existe? ¡Cómo no va a existir!

—Le puedo oír, ¿vale? Es como si estuviera dentro de mí. Y hace un rato me he descubierto haciendo algo que yo no quería hacer, no lo tenía planeado.

—¿Pero qué dices? Realmente creo que estás loca.

—Empecé escuchándole esta mañana. Como si estuviera al lado mío, pero yo estaba sola. Y después lo volví a oír. Y me daban como punzadas en la cabeza. Me tomé una pastilla y me volví a dormir, para ver si se pasaba. Es lo último que recuerdo. De repente estaba tirada en el suelo como a unos diez minutos caminando desde mi casa, con una carta en la mano. No sabía qué hacía allí, pero otra vez no pude controlarme, no sabía lo que estaba haciendo, pero me levanté y eché la carta al buzón, ¡y yo no he escrito esa carta! No sé ni para quién era.

—¿Qué significa todo esto? —Eli estaba realmente asustada.

—Creo que Osmar nunca ha sido real.

—Es decir, ¿que te lo has estado imaginando todo este tiempo?

—Es la única explicación que le encuentro.

—¿Cómo va a ser eso posible?

Eli, en un arrebato de desesperación, cogió la mitad de un porro que había sobre la mesita y fue a encendérselo.

—No sé, a la gente se le va la pinza, se vuelve loca sin venir a cuento. Y creo que a mí me ha pasado. Justo hace un año que fumé el primer porro. Quizá me ha jugado una mala pasada.

Súbitamente, Eli metió el porro en un vaso con líquido que había cerca. Se quedaron pensativas unos instantes.

—¡Las cartas! Osmar te enviaba cartas. ¿Las tirabas o las has estado guardando?

—Supuestamente las he estado guardando, pero probablemente debajo de mi cama no haya nada. O incluso puede que me haya estado enviado cartas a mí misma.

—Vale. Primero, por favor, ayúdame a recoger todo este desastre. Segundo, ninguna de las dos volveremos a tomar ninguna sustancia, ni siquiera una calada de un porro. Y tercero, cuando acabemos aquí, vamos a tu casa a buscar esas cartas.


Gabi asintió. Se volvió a cubrir bien la mano y se levantó para ayudar a Eli.

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