22 febrero, 2016

Acordes de amor y despedidas - Capítulo 30

¿Monique? ¿Es que hay otra Monique? ¿O es ésta la única Monique? Me encuentro realmente confundida ahora mismo.

—Cariño, me has asustado. ¡No me esperaba esto! —exclama la supuesta hermana de Monique.

—¿Por… por qué te…tenías su… guitarra? —tartamudea la flaca mujer dirigiéndose a mí.

—¿Perdón? —pregunto en un intento por que se explique, aunque en realidad sé a lo que se refiere.

—¿Qué guitarra? –interpela la otra mujer—. Venga, Monique, vamos a sentarnos. Cielo, en ese mueble hay infusiones. ¿Puedes preparar tres? —me pide y señala a un mueble que hay tras de mí.


—Sí, claro —acepto, desconcertada.

Preparo tres infusiones con aroma de menta y miel y las llevo, sobre una bandeja que encuentro en la cocina, hasta el salón donde se encuentran las dos extrañas para mí. Sirvo una para cada una.

—Te has levantado, ¿a qué se debe?

—La he oído… tocar. Tocaba su guitarra.

—Vale –me lanzo a explicarme—. Esa guitarra… bueno. Esa guitarra era mía hace mucho tiempo. Y, claro, ahora vuelve a serlo. Pero durante unos cuantos meses ha sido de otra persona, si no me equivoco.

—¿Te refieres a mi sobrina Monique? —me pregunta la mujer.

            —Supongo que sí.

            —¿De qué la conocías?

—La verdad es que no la llegué a conocer. Y lo siento mucho, Monique  —digo volviéndome hacia la madre de la niña.

—Espera, espera, aquí hay algo muy extraño. ¿Cómo que no la llegaste a conocer? Pero sabes quién es… era, ¿no?

—Sí, bueno. Más o menos —. Aún intento organizar la información en mi cabeza y trato de enlazarla.

—¿Por qué tienes su guitarra? —repite la madre de Monique que permanece como en otro mundo.

—Entonces que estuvieras aquí no es una casualidad, ¿me equivoco? —La otra mujer sigue cuestionándome. Me siento acorralada, como si me estuviera interrogando el propio FBI.

—De acuerdo —. Respiro hondo—. Todo esto tiene una explicación. Primero de todo, me llamo Alison —me presento.

—María —dice secamente la mujer. Toda la amabilidad de antes se ha esfumado y ahora me mira por el rabillo del ojo como si no se fiara de mí.

Me dispongo a narrarles todo, desde que me encontré por primera vez a la niña en la tienda, pasando por Drew pero sin mencionar su nombre, hasta este mismo día, dejándoles bien claro cómo he llegado hasta aquí. María me ha estado escuchando atentamente todo el tiempo y parece que Monique también, aunque no estoy segura de ello.

—Perdona mi brusquedad de antes, hija —se disculpa María.

—No, perdóneme usted… ustedes dos a mí. Entiendo que todo esto es muy raro. También lo es para mí. Quizá no es el mejor momento para venir. Lo siento —lamento, recordando a la niña fallecida.

—Y bien, nos has contado todo sobre ese muchacho pero no has dicho su nombre en ningún momento. Creo que mi hermana merece saber quién es, ¿no?

—Sí, claro. Es… —dudo unos segundos— es Drew.

—Me figuraba que sería él —dice Monique más espabilada esta vez.

—¿Puedo preguntarles de qué conocen a Drew?

—Bueno, yo no lo conozco, aunque sí había oído hablar de él antes —dice María.

—Drew es el hermano de Monique.

—¿Su hijo? —pregunto exaltada. Si es su hijo, ¿por qué me mandó Drew a su propia casa? No, no puede ser, porque María no lo conoce, y por esa regla debería ser su tía.

—No, no. Simplemente el hermano de Monique, por parte de su padre.

Por un momento nos quedamos en blanco, tanto yo como ellas. Sin saber qué más decir, cómo seguir esta conversación.

—¿Quiere usted que le devuelva la guitarra? —le digo finalmente a Monique madre.

—No, claro que no, cielo —. Parece que la mujer empieza a recobrar el mismo carácter que su hermana. Quizá lo perdió desde que murió su hija—. Drew vino a por ella hace poco más de tres semanas. También fue él quien se la trajo a mi niña, mi dulce niña —. Su voz se quiebra rápidamente y después rompe en llantos.

—Quizá es mejor que me vaya —digo mientras me comienzo a levantar.

—¿Puedes volver otro día? —me pide Monique.

—Por supuesto, cuando usted quiera —. No puedo negarme a una mujer que ha perdido a su hija.

—Vuelve mañana, por favor.

—Está bien —acepto—. Me pasaré cuando salga del trabajo. No tengo otro momento libre, lo siento.

—Prepararé una cena para las dos —me invita.

—Muy bien —digo al tiempo que me levanto.

—Hasta mañana, Alison —se despide Monique más animada.


Y así, me marcho y me encamino a casa, confusa por lo que acaba de pasar y nerviosa por mañana, pero también triste por Drew.

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