14 febrero, 2017

Cuando llega San Valentín

Era irremediable ver corazones flotando en el aire en cualquier parte aquel día. Aquello le producía un sentimiento que no podía definir con una palabra exacta, pero era algo que se delineaba entre el asco y la añoranza. 

"Los tiempos han cambiado", se dijo. "Ahora hay gente que nunca se compromete y vive una vida plena, haciendo lo que quiere, e incluso tiene hijos". La idea cada vez le parecía más factible. "Además, ¿qué mejor que vivir mi vida como yo quiera, sin nadie que me moleste ni a quien yo moleste?", ahora incluso una masa de nubes en el cielo se le antojaron una pareja besándose, algo que no había dejado de ver en todo el día. "Podría ser perfectamente feliz en solitario".

Pero algo faltaba. El vacío de una mano rozando la suya, el silencio de una voz reconfortante, la euforia de una risa contagiosa. Cosas que, muy a su pesar, echaba en falta, solo a veces, cuando no se estaba intentando autoconvencer de la plenitud de una vida solitaria.



Aquel día, todo le producía un malhumor irrefrenable. No por que fuera San Valentín y el romanticismo fuera omnipresente en todas partes, sino porque no entendía la necesidad de mostrar tanto amor un único día al año. Una pareja acaramelada decidió sentarse cerca, y el festival de besos sonoros comenzó, así que se marchó. 

"Algún día me tocará a mí, supongo", se dijo. "Lo bueno es que ese día toda mi familia dejará de decirme que cuándo me casaré. Mientras tanto, tendré que aguantar el mismo cuento". 

No podía eludir el hecho de que aquel malhumor se lo produjera el amor que no tenía para dar ni recibir.

"En algún lugar estará", resopló una vez más antes de avistar, en aquel inmenso parque del amor, un banco que sólo ocupaba una persona. "Me sentaré ahí hasta que llegue el amor de su vida y me eche". 

Pero conforme más se acercaba, sintió la seguridad de que el amor de la vida de aquella persona no existía, porque nadie espera a alguien en un banco mientras lee un libro, totalmente ensimismado del mundo real, sin esperar ansiosamente la llegada de aquella otra persona.

Así que se sentó en el otro extremo, abrió su cuaderno y comenzó a dibujar. El tiempo pasó igual que la distancia entre esas dos personas se acortó, sus músculos se relajaron, y las miradas inesperadas eran cada vez más frecuentes. 

Porque quizá aún no lo sabían, pero a aquellas dos personas también les había llegado su San Valentín.







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