28 diciembre, 2015

Acordes de amor y despedidas - Capítulo 24

—Te hubieses vuelto loca si hubieses estado donde he ido a trabajar. –Drew hace comillas con los dedos cuando menciona la última palabra.

—Hola —saludo alegremente—. ¿Y eso?        
   
—Había cinco gatitos pequeños. —Drew se sienta a mi lado donde siempre, en el lugar donde toca su violín.

—¡¿Sí?! —exclamo entusiasmada—. Un momento… ¿cómo sabes de mi amor por los gatos?

—¿Bromeas? Chapas de gatos pegadas en tus bolsos y mochilas, pendientes de gatos, cada semana un gato nuevo como fondo de pantalla de tu móvil, los “oooooh” que sueltas cada vez que ves un gato callejero, camisetas de gatos, panteras, tigres, leones… —me hace reír—. ¡Oh! Por no mencionar el anillo que sueles llevar de orejas de gato —cuando dice esto, me coge suavemente la mano izquierda que es donde llevo el anillo al que se refiere. Mi respiración se corta, la sangre empieza a navegar desenfrenada por mis venas. El juego de aguantar las miradas no me vale con Drew y rápidamente miro hacia abajo y noto el rubor de mis mejillas. Unos fugaces segundos vuelan mientras nuestras manos se están tocando. Finalmente, aparto mi mano para entrelazarla con la otra.
—Bueno, Santa Claus con retraso. ¿Dónde está mi sorpresa?



—Tienes que acompañarme a un sitio. Y antes de que digas nada, no ofrezcas tu coche. Vamos andando.

—De acuerdo. —Me pongo en pie—. Guíame —le ofrezco.

Él se pone en pie y comienza a caminar. Me sitúo a su lado y le sigo.

—¿Está lejos?

—No. No te preocupes. ¿No te gustan los largos paseos?

—Sí. Bueno, en realidad, antes cuando ni era universitaria ni camarera, me encantaba pegarme caminatas.

—¿Sola?

—Sí. No me gusta caminar acompañada. Es como que… no sé. Me interrumpe mi tranquilidad, mi paso. Siempre estoy preocupada por dónde querrá ir la otra persona, si estará cansada o no… esas cosas.

—A mí también me gusta pasear solo. Es cuando mejor pienso.

—¿Pensar en qué? —me atrevo a preguntarle.

—No sé. Cosas. Me pierdo en mi mundo. Soy muy imaginativo, soñador diría yo.

—Yo antes era igual.

-Déjame adivinar: hasta que te deshiciste de tu guitarra —dice como si repitiera una explicación que acaba de dar el profesor en clase.

—Tú lo has dicho.

—Bueno. Quizá algún día vuelvas a pasear sola como las locas. ¿Sabes qué? ¿Recuerdas a la anciana loca de los gatos de Los Simpsons? Apuntas maneras para ser ella.

—Siempre he pensado lo mismo de mí misma.

—Estarás rodeada de gatos, y hablarás sola… y le irás lanzando gatos, que te irás sacando de la rebeca, a la gente.

—¡Oye! Muchas veces la compañía de los animales es mucho mejor que la de las personas.

—No te lo niego pero… qué vejez más mala tendrías, ¿no?

—Teniendo en cuenta que estaré loca, seguro que soy feliz. Los locos son felices, ¿no?

—Tú ya estás loca, no tienes que esperar a ser ancianita.

—Vaya, gracias por llamarme “loca”. —Cruzo mis brazos y aparento estar dolida.

—Dicen que los locos son las mejores personas. Bueno, ese decía el Gato de Chesire. —Lo miro y sonrío. Le doy un suave empujón—. Ahora en serio. No creo que acabes tu vida en soledad.

—No lo sé. Depende.

—¿Qué hay de ese chico? —hace que se me encrespe el vello con esta pregunta.

—Eliot… pues… —Me quedo en blanco—. No sé. Creo que esto es pasajero. ¿Y tú? —No quiero hablarle de Eliot. Sin embargo si quiero que me hable de Monique.

—Es pronto para decir eso. Puedo acabar solo con mi violín, viudo, con la mujer de mi vida… —Clava sus ojos en mí como si me aludiera.

—Sí, llevas razón, es pronto para decir eso.

—Tengo la sensación de que tienes una voz increíble.

—Increíble no sé, pero sí que me encanta cantar.

—Prométeme una cosa. Prométeme que si algún día recuperas tu guitarra, pero no otra guitarra, la tuya, me cantarás una canción. ¡No! Compondrás una canción para mí y me la cantarás.

—Jamás voy a recuperar mi guitarra.

—Bueno, más motivos tienes para prometérmelo, porque puede que nunca tengas que cumplir tu promesa.

—Está bien. Lo prometo. —Alzo mi mano para concretar el trato con un apretujón que rápidamente me devuelve.

Justo después, me doy cuenta de que nos hemos detenido y estamos frente a la tienda donde vendí la guitarra.

—¿Qué hacemos aquí?

—Había pensado que el mismo sitio donde debes recuperar tu guitarra debía ser el mismo en el que la perdiste.

—¿Qué? —pregunto incrédula.

—Entra y verás.

Abro, con dudas, la puerta y pongo mis pies en el interior de la tienda.

—Bien. ¿Y ahora qué? —pregunto. Drew se coloca tras de mí.

—No lo hagas —susurra a mis espaldas. Recuerdo perfectamente que esas fueron las primeras palabras que me dijo cuando aún no nos conocíamos.

—¿Qué haces? —Estoy desconcertada. Entonces, la misma señora que compró mi guitarra, me la vuelve a tender ahora de nuevo. Un escalofrío indescriptible me sube desde los dedos de los pies hasta la garganta, donde un nudo de incredulidad se crea.

Miro fijamente el tallado de mi nombre en ella. Noto cómo los ojos se me humedecen, no sé si de la emoción o de qué maldito sentimiento. La mano de Drew, que se introduce y vuelve a salir rápidamente del bolsillo de mi chaqueta, me saca de mis conmociones.

—Saca el dinero de tu bolsillo y devuélveselo —me susurra en el oído.

  Hago lo que me dice y le doy a la mujer el dinero que me acaba de dejar en el bolsillo. Treinta y nueve dólares, justo el precio por lo que la vendí. Ni siquiera me paro a pensar que se trata del dinero de Drew. Después, cojo la guitarra y la funda a la que Drew le ha debido de añadir un pin de un gatito. Entre nervios, la guardo cuidadosamente.

Todo pasa muy rápido hasta que estamos de nuevo fuera de la tienda. Es entonces cuando me doy cuenta de lo que acaba de ocurrir. Drew no sólo ha recuperado mi guitarra, sino que ha revivido el momento en que la vendí.

—Has hecho como si nunca la hubiera vendido —le digo casi entre lágrimas. Él asiente con la cabeza y me dedica una pequeña sonrisa.

—Como si me hubieras hecho caso aquel día. Parece insignificante…

—Pero es lo más  original y bonito que han hecho nunca por mí. Gracias.

Sin pensarlo, me fundo en un abrazo con Drew. Le aprieto con mis brazos, ya con la guitarra colgando de mi espalda. Le estrujo a más no poder hasta que él me devuelve el abrazo.


—Me debes una canción, no lo olvides.




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